lunes, 23 de noviembre de 2020

"Es por amor a mi espíritu"

Fui protagonista de esas historias que nunca parecen terminar. De esas que te deshacen, te desarman, te rompen. Esas historias que te dejan hecha un montón de pedazos que apenas vos misma podés reconocer. Dejé de ser yo para ser ese personaje que hoy no sé si me gustaría recordar.

Hoy me encuentro trayendo a la piel sensaciones que sé que siguen siendo parte de mí. Porque aunque no sepa el por qué de algunas cuestiones, sé el por qué de mi presente. 

Aunque dije que a veces quisiera no haber sido yo esa protagonista de esa historia, es mi propia historia la que hoy me permite conocerme: mis miedos, mis inseguridades y por qué no, también mis virtudes.

Suena extraño, pero haberme sabido tan débil y ser tan consciente de mi propia fragilidad me da fuerzas para enfrentar lo que la vida me regala a cada instante.

Reconocer mi flaqueza y traerla a la luz, incluso compartirla, hace que se empiece a disolver... hace que deje de temer porque sé que no soy más aquello que fui durante muchos días, tantísimos fueron los días que preferiría no contabilizarlos.

Tan interminable parecía la historia, que puedo asegurar que me sé tan de memoria mis propias sensaciones, que hoy las puedo identificar de manera infalible. Es más, debería decir que fueron muchas historias diferentes, con distintos personajes y una misma protagonista: una experta en el arte de no ser nadie.

Protagonicé a un personaje invisible, que visto en detalle, ni siquiera sé si fui protagonista porque nunca me sentí importante. Llamémosme personaje. Fui un personaje envuelto en acciones y palabras que en realidad eran mentira, acciones y palabras que significaban un juego al que yo ni siquiera sabía que estaba jugando.

Fue tan agotador sentir que nunca me elegían... O que ni siquiera catalogaba como opción. Tanto tiempo me sentí insuficiente que me lo empecé a creer. Y por esa razón aceptaba lo que creía que me merecía: ser un intento de opción entre muchas opciones. No me sentía un ser completo, me sentía un complemento entre muchas otras piezas. Creía que nunca iba a ser suficiente para nadie, que todo lo que tenía para dar nunca iba alcanzar. 


Me vacíe hasta el punto de dejar de sentir, de dejar de intentar... me rendí. 

Pero al igual que la luna, la única manera de volver a llenarme era vaciándome. 

El mismo vacío me llevó a retraerme, a aislarme, a darme una pausa, un respiro... me quedé sentimentalmente sola, conmigo misma, mi propio ser, cara a cara con mi propia alma que por favor me pedía que me preste atención, que me guíe por lo que sentía cuando el mundo callaba. 

Y gracias a ese vacío, a ese silencio, empecé a reconocerme y a encontrarme. Descubrí que no era todo aquello que alguna vez había sentido, que ese rol había sido transitorio y que gracias a haberlo vivido, puedo tener claro lo que no soy ni quiero ser, lo que no merezco, y lo que por nada del mundo volvería a permitir. Descubrí un amor inmenso hacia mí misma, respeto hacia mi propia energía y mi propia esencia. 

Empecé a amarme tanto, que no pude volver a dejar que me den menos de lo que yo me puedo dar a mí misma.

Siempre voy a ser donde haya amor, verdad y respeto. Voy a ser donde me elijan, donde me valoren y donde me cuiden. Es lo menos que puedo aceptar.



Florencia



miércoles, 4 de noviembre de 2020

Inmersa en un desgano sideral, obligada a vivir e interactuar, avanzo por inercia hacia donde me lleva la rutina, anhelando desintegrarla para sumergirme en mí.

A veces sólo necesito una pausa para pensarme.

El ruido del mundo ensordece mis sentidos.